El termómetro en la Alta Baviera no va a dar tregua este sábado, situando la gestión del glucógeno y la hidratación en el centro de todas las quinielas para los que se atrevan con el Marathon de 213 kilómetros. No es solo una cuestión de fondo; es una batalla contra el calor en un trazado que no ofrece un respiro real. Con 3.050 metros de desnivel positivo acumulado, la Wendelsteinrundfahrt se confirma este año como la prueba de fuego definitiva para los especialistas en Gran Fondo que buscan medir sus vatios contra la pendiente alemana.
La trampa de los 165 kilómetros
Aunque los focos suelen apuntar a la distancia reina, los veteranos del pelotón europeo miran con recelo el trazado de 165 kilómetros. Con 2.195 metros de desnivel, este recorrido se ha ganado la fama de ser un auténtico rompepiernas. No hay puertos de entidad alpina que permitan coger un ritmo sostenido, sino una sucesión de repechos cortos pero explosivos que castigan la musculatura y obligan a constantes cambios de desarrollo. Aquellos que no sepan leer el potenciómetro en la primera mitad de la prueba llegarán al sector final de Au bei Bad Aibling con las piernas vacías.
Vatios contra el viento en el valle
La estrategia de equipo será fundamental en las distancias de 120 y 50 kilómetros. En estos recorridos, donde el desnivel es más contenido —1.630 y 625 metros respectivamente—, el factor determinante será el drafting y la capacidad de rodar en grupos compactos para combatir el viento racheado que se espera en las zonas abiertas de la región de Bayern. En la distancia corta, los cicloturistas más explosivos buscarán medias de velocidad de vértigo, mientras que en los 120 km la clave reside en superar el ecuador de la prueba sin haber entrado en reserva.
La organización ha reforzado los puntos de avituallamiento, consciente de que el asfalto bávaro puede convertirse en un horno. En una edición donde no se esperan récords de tiempo debido a la densidad del aire y la temperatura, la victoria moral será para quienes logren evitar la pájara en los últimos diez kilómetros, cuando la carretera pica hacia arriba antes de entrar en la meta de Au. El material sufrirá: las presiones de los tubulares y la elección de los desarrollos —un 34x30 se antoja casi obligatorio para los mortales— marcarán la diferencia entre disfrutar del paisaje o vivir un calvario sobre el sillín.