El rastro de magnesio y sudor en la canal de ascenso al Pic del Comapedrosa no miente: este año la batalla no es solo contra el crono, sino contra un termómetro que promete convertir los 2.942 metros de altitud en una caldera de aire ligero. La Vertical Comapedrosa del sábado 25 abre fuego con un dato que quita el aliento: 1.400 metros de desnivel positivo concentrados en apenas 8 kilómetros. Es una pared vertical pura, un terreno donde los bastones se convierten en extensiones del alma y donde el récord de la prueba peligra ante la llegada de una hornada de especialistas en el kilómetro vertical que buscan sellar su pasaporte hacia las finales de las XTERRA Trail Run World Series.
El infierno técnico de la Comapedrosa Marathon
El domingo 26, el foco se desplaza a la prueba reina. La Comapedrosa Marathon, con sus 36 kilómetros y unos brutales 3.322 metros de desnivel acumulado, se presenta más técnica que nunca. Los informes de los corredores que han reconocido el terreno hablan de bloques de piedra inestables y crestas donde el vértigo castiga tanto como el lactato en las piernas. No es una distancia para maratonianos de asfalto reconvertidos; es un rompepiernas salvaje que exige una gestión impecable del esfuerzo para no entrar en barrena antes de coronar el techo del principado. La verdadera noticia reside en el estado del terreno: un invierno seco ha dejado las tarteras más sueltas de lo habitual, lo que convertirá los descensos técnicos hacia Arinsal en una lotería de tobillos y reflejos.
La irrupción de la XTERRA Comapedrosa Skyrace
La integración definitiva en el circuito XTERRA ha transformado la fisonomía de la parrilla de salida. La XTERRA Comapedrosa Skyrace de 24 kilómetros ha atraído a un perfil de atleta mucho más explosivo, capaz de mantener ritmos de infarto en tramos de single track antes de enfrentarse a los 2.375 metros de desnivel que definen este trazado. El duelo en esta distancia HM promete ser una carnicería táctica desde la primera rampa. Mientras tanto, la Arinsal Skyrace de 19 kilómetros se mantiene como el laboratorio de velocidad para los jóvenes talentos que buscan demostrar que se puede volar por encima de los dos mil metros sin desfallecer en el intento. Los tiempos de paso en el refugio de Comapedrosa dictarán sentencia antes del descenso final, donde la fatiga acumulada suele pasar factura en forma de calambres fulminantes.