El termómetro en el valle de la Tarentaise dictará sentencia antes incluso de que el primer corredor cruce el arco de salida en Aime-la-Plagne. Esta edición de la 6000D no se decidirá en los vatios de subida, sino en la capacidad de gestión térmica de los atletas que aspiren a romper el crono en los 69 kilómetros de la prueba reina. Con un pronóstico que apunta a temperaturas inusualmente altas en las cotas bajas, el ascenso desde los 673 metros hasta los 3.047 metros del glaciar de Bellecôte se convierte en una trampa de calor ascendente donde el choque térmico será el principal rival a batir.
El muro de hielo y el asfalto de la pista de bobsleigh
La verdadera noticia este año reside en la tecnicidad extrema que presenta el terreno tras un inicio de verano errático en los Alpes. Los 3.400 metros de desnivel positivo acumulado esconden un tramo que separa a los corredores de montaña de los simples atletas de asfalto: el paso por la pista de bobsleigh. Este sector, protagonista de la explosiva 6D Bob el miércoles 29, obliga a los corredores de la distancia ultra a gestionar un cambio de ritmo brutal en plena subida, con pendientes que castigan los cuádriceps antes de afrontar el interminable single track hacia la cumbre.
Duelos en la divisoria de aguas
En el plano deportivo, el foco de los analistas se centra en la 6D Marathon de 43 kilómetros. Se rumorea en los círculos de alto rendimiento que varios especialistas en distancia maratón han aterrizado en La Plagne con el objetivo de testar su capacidad de oxigenación por encima de los 2.500 metros, buscando un registro histórico que baje de las cuatro horas. El terreno estará seco, rápido y extremadamente volátil en las zonas de cresta. Por su parte, la 6D Lacs del viernes servirá de termómetro para medir la dureza del permafrost residual, un factor crítico para quienes busquen tracción mecánica en los descensos técnicos hacia Plagne Bellecôte.
La gestión de los avituallamientos será el factor diferencial. En una carrera donde el 'corredor de los gigantes' debe ser autosuficiente en tramos de alta exposición solar, el riesgo de pájara por deshidratación en el descenso final de 2.000 metros hacia Aime es más real que nunca. No habrá tregua en los últimos kilómetros de sendero polvoriento; quien no guarde una bala para el tramo de bosque llegará vacío a la meta.