¿Se puede domar el asfalto de la Riviera del Corallo sin terminar en la enfermería? Esa es la pregunta que flota en el aire de Alghero mientras los triatletas ultiman sus transiciones para el IRONMAN 70.3 Sardegna Alghero. Tras el accidentado paso de las Series Mundiales (WTCS) por estas mismas latitudes, donde nombres de la talla de Matt Hauser probaron la dureza del firme sardo en curvas que se volvieron auténticas trampas, el pelotón pro y los grupos de edad llegan con una mezcla de respeto y sed de redención.
El trazado de 90 kilómetros de ciclismo no es un paseo turístico por el Parque Natural de Porto Conte, a pesar de la belleza de Capo Caccia. Es un sector rompepiernas, técnico y expuesto al viento racheado del Mediterráneo, donde el drafting estará bajo la lupa tras las nuevas directrices de la organización para evitar pelotones ilegales en las zonas más sinuosas. No hay tregua: quien abuse de vatios en las subidas lo pagará con una pájara monumental cuando toque calzarse las zapatillas de running bajo el sol de justicia de Cerdeña.
La verdadera noticia este año no es solo la participación masiva en la modalidad Relay, que ha agotado dorsales en tiempo récord, sino la capacidad de los favoritos para gestionar la temperatura del agua en la Bahía de Alghero. Con el neopreno rozando el límite de la legalidad, la salida desde la playa de San Giovanni decidirá quién engancha el grupo delantero y quién se queda navegando en tierra de nadie antes de afrontar el sector de bici.
Para los que buscan el slot al Mundial, el muro no estará en el kilómetro 30 del maratón, sino en la segunda vuelta del circuito a pie por los bastiones medievales. Es un terreno que castiga las articulaciones con sus cambios de superficie y giros cerrados. Aquí, la gestión del ácido láctico y la hidratación en los avituallamientos marcarán la diferencia entre un podio o un DNF en una de las sedes más estéticas, pero traicioneras, del calendario europeo.